Una altra vida, encara. (Edit. Galàxia Gutenberg)

Theodor Kallifatides. Traducció del grec modern de Montserrat Camps

Sinopsis: ‘Ningú hauria d’escriure després dels setanta-cinc anys’, havia dit un amic. Als setanta-set anys, bloquejat com a escriptor, Theodor Kallifatides pren la difícil decisió de vendre l’estudi d’Estocolm, on va treballar diligentment durant dècades, i retirar-se. Incapaç d’escriure i, alhora, incapaç de deixar de fer-ho, viatja a la seva Grècia natal amb l’esperança de redescobrir la fluïdesa perduda de llenguatge. En aquest bellíssim text, Kallifatides explora la relació entre una vida amb sentit i un treball amb sentit, i com reconciliar-se amb l’envelliment. Però també s’ocupa de les tendències preocupants a l’Europa contemporània, des de la intolerancia religiosa i els prejudicis contra els immigrants fins a la crisi de l’habitatge i la seva tristesa pel maltractat estat de la seva estimada Grècia. Kallifatides ofereix una meditació profunda, sensible i captivadora sobre l’escriptura i el lloc de cadascú de nosaltres en un món canviant.

Theodor Kallifatides: “Europa ha hecho de la vejez una enfermedad”

Al cumplir 75 años, la agonía de no saber cómo continuar bloqueó al escritor Theodor Kallifatides (Mololai, Grecia, 1938). El idioma adoptado durante 50 años no servía. Ya no. Llevaba medio siglo escribiendo su obra en un idioma ajeno, el sueco. Y en algún momento todo se vino abajo. Había que encontrar otro alfabeto desde el que seguir respirando. Había que abrir surco nuevo. Romper y levantar de nuevo.

Vendió el viejo estudio donde escribió una veintena de novelas. El refugio de cada mañana, de casi todas las tardes desde que en 1964 llegó a Suecia. La guarida donde encerrarse a escribir. La vendió porque había que despojarse de todo. Si ya no había palabras, no tiene sentido mantener el cuarto de jugar. Su editorial sueca le ofrecía adelantos económicos abundantes para que volviese a escribir. Pero no había nada que contar.

La desnudez de no tener a dónde ir, más allá del perímetro de la propia casa, activó un mecanismo inesperado en él: el regreso psíquico a su realidad griega, la nostalgia del mundo original, la ansiedad de recobrarlo.

Theodor Kallifatides quiso regresar por un tiempo, con su mujer, a su pueblo del Peloponeso. Nunca había sentido una urgencia de ese tamaño. Y en 2015 inició un viaje con eco de exorcismo. Aquella experiencia desconcertada tuvo la forma del espanto. Regresar es habitar las sombras. Pero, además, Grecia, estaba devastada en ese año. La crisis económica y los sucesivos (y feroces) rescates financieros habían desecado cualquier estímulo, cualquier opción de futuro, cualquier demanda de normalidad. La realidad de entonces le dio una clave precisa: si volviese a escribir sólo podría ser en griego. Y de ahí viene Otra vida por vivir (Galaxia Gutenberg). Un pequeño tratado de intimidad.

Poco más de 150 páginas de una prosa desnuda y vibrante, dotada de una fibrosa humanidad, casi frágil, reveladora y hermosa en la rabia contra el escenario arrasado de un país que es (fue) el suyo. Pasear por Atenas certificaba una brutalidad evidente. «Nunca había visto mi ciudad así. La pobreza era una vieja compañera, pero aquella indigencia no. Había visto las barracas de los refugiados del Ponto y de Asia Menor en barrios como el Polígono e Ilísia. Pobreza, sí, pero todo limpio y bien cuidado… Por primera vez no me sentía cómodo caminando solo por la noche en Atenas. Eso era la humillación más grande, el destierro definitivo. Tener miedo de los demás, y que los demás tengan miedo de ti. Hemos dejado de ser individuos aislados para convertirnos en tribus. Por un lado, nosotros; por el otro, los extranjeros».

Europa quería su dinero y Thedor Kallifatides, más de medio siglo en Suecia, experimentaba una manera diferente de ser griego. Muy distinta a aquel día en que dejó Atenas empujado por su padre: «Este no es lugar para ti. Si quieres ser escritor, sal, vete, viaja». Esa noche no pudo dormir.

-¿Se considera un exiliado?

-No, sólo soy un inmigrante. Un extranjero más fuera de su país. Un hombre que escribe y que, al regresar a su patria, ha sentido una nueva herida.

Una nítida indignación le recorre los gestos, que de lentos pasan a fuertes. Nunca rápidos, pero sí más secos. Este libro que hizo de un solo galope es una manera de restituir una identidad atravesada por una tradición que ha visto vapuleada. «En ese viaje a Grecia sucedió algo extraordinario. Quizá el punto de partida de todas las emociones que se juntaron. Paseando por mi pueblo escuché a unos niños leyendo fragmentos de obras de Esquilo como una de sus actividades escolares. Escuchar sus voces, y en griego, activó mi memoria». Theodor Kallifatides comprendió que para volver a escribir necesitaba el idioma que aprendió de sus padres, el de los primeros amigos, el de los sueños, el de los poemas de la adolescencia.

«Lo único griego que no había cambiado en mí había sido el idioma. Él es mi corazón». Esto no lo puede entender quien no ha vivido fuera de su tierra el tiempo suficiente como para necesitar reapropiarse de sus propias credenciales. Pero la vuelta no sólo fue la recuperación de un fuego originario, sino que partió en dos, de algún modo, la vejez de Kallifatides. A los 81 años no ha ganado escepticismo, pero sí una conciencia renovada al asomarse al fondo de su pasado. «Caminando por Atenas y por el interior del Peloponeso observé a la gente de mi edad, intenté comprender sus realidades. Y hubo en ese ejercicio algo desolador: Europa ha hecho de la vejez una enfermedad. El viejo ya no es un ciudadano más. Eso es brutal».

Delgado, alto, con los surcos de la edad en el rostro noble, nada indica que este hombre aloje un gramo de cansancio. Y, sin embargo, en los ojos medianos y gentiles asoma un cierto desengaño. «Muchos olvidan que ser libre es un privilegio de la edad. Y Otra vida por vivir es parte de ese privilegio».

– Ser libre, dice…

– Albert Camus nos advirtió que la libertad se construye desde la bondad, y eso es lo que hoy no tenemos. En Lesbos vi a centenares de griegos desbordados por las oleadas de inmigrantes volcados en ayudar, abriendo sus casas a los que llegaban a las costas. Entonces comprendí que sólo la gente pobre se vuelca en verdad en la ayuda de sus semejantes, pues ellos conocen bien la intemperie.

En los últimos dos años, Kallifatides volvió a escribir. Se dio carta blanca en su idioma y puso en pie otra novela, El sitio de Troya, que en marzo publicará en España Galaxia Gutenberg. Recuperó el habla, y en esa reapropiación volvió a huronear en los pliegues de la memoria. Ahora trabaja en un volumen sobre sus años de juventud, cuando salió de su país en los años 70 y la vida adquirió modales de vértigo. Lo titulará El extranjero y el amor. «Como verá, buscar en lo más hondo de mí, en el origen de mi lenguaje, me llevó a un nuevo comienzo».

En Otra vida por vivir, un hombre va despejando demonios y se siente ante la realidad como si acabara de nacer. No por metamorfosis, sino por auxilio. Sólo había que dejar que los ojos descifrasen hacia dentro y hacia afuera. Y que las palabras encontrasen su sitio, sin demasiada estrategia, sin dejarse vencer por emociones irremediables. Así fueron tomando cuerpo estas páginas, con unas cuantas preguntas suspendidas a lo largo del viaje: ¿qué sucederá ahora conmigo? ¿Qué va a pasar con esta gente?

La experiencia de un libro así salvó en Kallifatides en lo que aún podía ser salvado. «Estas páginas, son las primeras que escribo directamente en griego después de medio siglo, es mi agradecimiento tardío para aquellos que me devolvieron a mi lengua, la única patria que todavía me queda y la única que no me heriría. Cuando sabes lo que quieres decir, puedes decirlo en todas las lenguas que conoces. También puedes guardar silencio en todas las lenguas que conoces. Pero cuando no tienes nada que decir, lo dices mejor en tu lengua».

Kallifatides manifiesta un respeto inquebrantable por el sueco. Pero siempre sintió que algo faltaba. Era esto. Eran sus palabras originarias. Mientras escribía pensó que este iba a ser el libro final. Quizá el definitivo. Luego, felizmente, se traicionó. Otra vida por vivir es, exactamente, lo que a los 81 años deseaba. Decir casa.